Año 1994, mes de agosto. Transcurre su quinto día y Cuba se debate en la supervivencia en medio del período especial y el recrudecimiento del bloqueo.  No pocos recordarán los llamados “alumbrones” y los mil y un malabares del Gobierno, el Estado y también las familias para continuar adelante.

Mientras todo un pueblo se empeñaba en ganarle la partida a las adversidades, otros, alentados desde Estados Unidos y por mentiras descaradas propaladas por Radio Martí de que venían barcos a recogerlos, decidieron alterar —de forma violenta— el orden público.

Pretendieron convertir a La Habana en un caos y para ello no escatimaron en hechos: rompieron vidrieras, saquearon tiendas, hubo disturbios en el malecón y robo de embarcaciones. Hacer creer que en Cuba tenía lugar un “estallido” y, por ende, sería el fin de la Revolución, era el propósito.

Sin embargo, los seducidos por las promesas de “villas y castillas”, entre ellas la posibilidad de emigrar sin trámites migratorios, no contaron con un detalle bien importante: la coraza moral y digna de un pueblo con su máximo líder al frente.

No hubo disparos, ni gases lacrimógenos, ni carros cisternas arrojando chorros de agua para disuadir a la muchedumbre. Estuvo Fidel, junto a los jóvenes, los trabajadores, los constructores del contingente Blas Roca y su sola presencia resultó suficiente para poner a los vándalos en su sitio.

Lo ha dicho el mismo invicto Comandante: «no fue un día malo para la Revolución».  Sencillamente se hizo patente la reafirmación revolucionaria y una vez más ganó el pueblo.

Once de julio de 2021, 27 años después de lo que muchos medios internacionales dieron en llamar “el maleconazo”, repiten el guion de intento de estabilización del país y su proceso revolucionario, ahora con el elemento añadido de las redes sociales. Y en medio de un bloqueo recrudecido hasta la máxima expresión, así como de una pandemia de Covid-19.

Como entonces, no se hizo esperar la respuesta del pueblo.  Con sus dirigentes al frente, mujeres y hombres, jóvenes estudiantes y trabajadores, se hicieron a las calles porque nadie nos arrebatará la tranquilidad.  Y otra vez estuvo Fidel, ya no físicamente, pero sí en la permanente presencia de sus ideas, de su legado.

“(…) No se pueden subestimar los valores morales que este pueblo ha acumulado ni su disposición a luchar. Y quien lucha vence; no hay nadie hoy, por poderoso que sea, capaz de derrotar a un pueblo decidido a luchar, a un pueblo que cuente con un número tan grande de combatientes y de revolucionarios como el que cuenta nuestro país. Estoy convencido de eso.”, expresó el Comandante en Jefe, el propio cinco de agosto de 1994 en comparecencia radial y televisiva. Son palabras de tremenda actualidad.

5 de agosto de 1994, otra victoria del pueblo de Cuba
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