Por Raúl Menchaca

Más que un deporte, el fútbol es casi una religión en Brasil, algo que aprovechó Jair Bolsonaro al ofrecer el país como sede desde este doimgo de la Copa América.

Esta edición del torneo de selecciones nacionales de la región debía celebrarse de manera conjunta entre Colombia y Argentina, pero ambas naciones renunciaron, una por la inestabilidad de la situación interna y otra por el efecto galopante del nuevo coronavirus.

Y precisamente, sin mirar hacia la situación sanitaria, Bolsonaro abrió las puertas de las canchas ubicadas en los estados gobernados por partidarios o aliados del alocado mandatario.

No hay que olvidar que Bolsonaro ha dicho que la Covid-19 es una gripesiña, es decir, una gripecita que solo ataca a los flojos, y fue uno de los abanderados del uso del cloro, algo desestimado por la Organización Mundial de la Salud.


La Copa de la Muerte

Brasil acumula cerca de 20 millones de infectados y casi medio millón de muertos por Covid-19.

Con esas cifras ocupa el tercer puesto mundial en esa macabra estadística. La vacunación marcha con bastante retraso y apenas el 10 % de la población se ha inmunizado.

Por eso, por el peligro del contagio hace que muchos llamen a la venidera Copa América como la Copa de la Muerte o se burlen calificándola como la Cepa de Brasil.

Con la complicidad de organismos deportivos regionales, Bolsonaro, sobre cuya cabeza pende un creciente pedido popular de destitución, apela ahora la vieja fórmula del pan y circo para tratar de acallar por un rato a la gente.

No se ha detenido a pensar en los posibles efectos sanitarios de esa disposición al echar mano a una decisión que pone a Brasil entre la pandemia y la Copa América.

Brasil entre la pandemia y la Copa América
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