Hoy, 12 de abril, una de las voces femeninas de la literatura en Cienfuegos durante el siglo XIX, Adelaida Julia Sainz de la Peña cumpliría 177 años. Pero quiso el destino que esta escritora poco conocida ni siquiera llegara a sus 35 primaveras, debido a la penosa tuberculosis pulmonar que la afligía en su juventud.

Pudiera afirmarse hoy que su naturaleza enfermiza dio paso al dolor y la pérdida en una mujer que —signada por los preceptos de un siglo hermético para la figura femenina—, se casó siendo muy joven con un hombre mayor, el Sr. Agapito Díaz, de cuya unión nacieron dos niños, Petra Adelaida y Rafael A. Francisco; ambos muriendo también prematuramente.

Por eso tal vez en la poesía que se ha recopilado de la autora, pueden notarse determinadas marcas que denotan una mente sensible; disimuladora en buena medida de dolencias, achaques y las lágrimas.

A veces una pucha de flores/ Aumenta los sinsabores/ De mi alma adolorida;/ Porque es aflicción crecida/ Cuando de tu amor me acuerdo,/ y en cada flor un recuerdo,/ cada recuerdo una herida…//, escribe en uno de sus selectos poemas, que incluyen “Luchas del corazón”, “A una mariposa”, “A un clavel marchito”; títulos que insinúan sobre rasgos de lo efusivo humano o lo efímero de ciertos símbolos en la naturaleza. 

Si por un lado hallamos añoranza ante la pérdida y los recuerdos en A un clavel marchito, por el otro apreciamos una feliz sinceridad que pudiéramos asociar al regocijo, con la cita de nuevos elementos: Con toda la efusión de un alma virgen;/ con un cariño intenso y verdadero/ con amor sin igual, porque tú eres/ mi amor primero. Incluso resulta extraordinario la presencia aquí de la vitalidad personal en un ser enfermizo, pero que anhela vivir pleno y compartir su dicha: …entonaré de nuevo alegre canto/ Que aun tengo fuego en mi sensible alma,/ y aun concibe mi joven fantasía/ amores, esperanzas y alegrías.

En su obra también hallamos esos rasgos costumbristas que predominan en la métrica de otra contemporánea suya, Mercedes Matamoros del Valle —la cienfueguera más antologada—, quien introdujo en su poesía a la naciente ciudad perlasureña, mediante un lenguaje lleno de elementos marinos.

Las leyendas cubanas y cienfuegueras laten asimismo en los textos de la modesta Sainz, fortaleciendo la identidad con su urbe, con la Isla y sus contornos. Ello demuestra además el gusto de esta poetisa y otros bardos locales por los espacios geográficos naturales de la región centro-sur del archipiélago. Versos de poemas como A las cubanas, A un sinsonte, Cuba o El indio de Maniabón, lo constatan.

Pero es una lástima que gran parte de sus creaciones sean totalmente desconocidas por el público, permaneciendo inéditas desde hace dos siglos.

Quizás algunas personas observen vagar en estos días de abril, al espíritu joven de una muchacha de 177 años en los predios del Cementerio General de Reina, en la ciudad de Cienfuegos. Y acaso otros la vean sentada sobre el mármol, declamando “cual canta en la pradera el ave, como susurra entre la selva el viento”.

El espíritu susurrante de Adelaida
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