Berta es “de ojos color de aceituna, fresca como una rama de durazno florecido, luminosa como un alba, gentil como la princesa de un cuento (…)”; una criatura que contiene todos o muchos de los rasgos que el nicaragüense Rubén Darío (1867-1916) suele ofrecernos de modo magistral en sus obras. Insertado en la emblemática colección Azul… (1888), El palacio del sol tiene a una joven protagonista que no solo nos deleita con multitud de herramientas, sino que viene a ser un arma literaria poderosísima que se desdobla con lo mejor del modernismo hispanoamericano.

En su primera edición, la popular colección estuvo conformada por 18 breves cuentos en prosa y siete poemas. Dos años después, la segunda tirada sumó nueve sonetos y otros relatos, además de una carta del escritor Juan Valera con el tono de un prólogo en el que se halaga al artista de Cantos de vida y esperanza: “El carácter cosmopolita de sus escenarios y el tono afrancesado dentro de unas líneas perfectamente castellanas; y, sobre todo, que esto se haya logrado por un joven de 20 años, que apenas ha puesto el pie sino en unas pocas repúblicas hispanoamericanas”, pondera el español.

Dotado de una originalidad pasmosa, Azul… expone la atracción de su autor por los elementos estéticos en la narrativa y un estilo diverso que bebe de otras culturas, como la europea y la francesa en específico. Ello nos ubica ante un compendio que posee un amplio vocabulario; feraz en imágenes, donde predomina lo exótico, pero también un legítimo erotismo con finos toques de ironía.

Resulta en arquetipo el contenido artístico de El palacio del sol, entendido desde el anhelo autoral por la recreación de la armonía frente a un mundo discordante y enfermizo, para así poder demostrar ansias de plenitud y perfección.

¿Cómo lo detectamos? Resulta evidente si tenemos en consideración el tema central del relato: la búsqueda de la libertad, el esparcimiento, el goce tanto físico como espiritual de los jóvenes. Berta está en un inicio enclaustrada en su morada, en un mundo hermético, desconectado de los placeres juveniles. De este modo se plantea lo armónico, que el escritor enseguida busca a partir de la imaginería y el mito; en lo fantástico.

El artista y su obra se convierten en verdaderos guías que son capaces de mostrar al hombre en sociedad los auténticos valores y los significados de la vida: sentidos e instintos naturales, la alegría y la felicidad espiritual. En tal sentido, la narración está repleta de enunciados que nos recuerdan a los tropos de reiteración, típicos de la poesía modernista y universal. Técnicas como la gradación; ideas que aparecen encadenadas con firmeza: “y bailó, giró, pasó, entre los espasmos de un placer agitado”, por ejemplo.

La idea remarcada por el asombro frente lo insólito, lo bello en las expresiones repetidas y el énfasis: “Luego vio, vio sueños reales, y oyó, oyó músicas embriagantes”, (…) y luego se arrojaban en brazos de jóvenes vigorosos y esbeltos, cuyos bozos de oro y finos cabellos brillaban a la luz; y danzaban, y danzaban”.

En el ambiente del palacio es donde aparece con más fuerza el tratamiento del erotismo, con atención en el cuerpo de la mujer, un tópico dominantemente modernista.

En ello está el goce y la curación en el bailar y danzar unidos en una ardiente estrechez. Es un símbolo claro que se desdobla frente al conservadurismo y la moral burguesa; atmósfera asfixiante, tóxica.

En relación con el título, El palacio… nos remite a algunos lectores a la Pirámide del Sol teotihuacana. Es muy probable que este no sea un elemento gratis allí, y Darío quiso remarcarlo para que se reconociera una de las leyendas que rodean a la milenaria construcción. Resulta curioso saber que, según se cuenta, cuando se está en su cúspide, al pedir un deseo es muy probable que este se haga realidad. Precisamente la criatura que se le aparece a Berta es “el hada de los sueños de las adolescentes”, y es ella quien la lleva hasta allí para hacer realidad su bienestar físico e interior: “Un minuto en el palacio del sol, deja en los cuerpos y en las almas, años de fuego, niña mía”, le dice.

Unidad simbólica que hallamos y que bien se valora dentro de la hibridación y el exotismo de Darío: las hadas-criaturas fantásticas y etéreas que, según las tradiciones, son protectoras de la naturaleza; quienes existen en la literatura en diversas tipologías, pero todas parten del origen de la mitología celta, europea.

Así pues, apréciese que no es por puro placer estético solamente; sirve de vehículo para llegar a otro componente de sumo interés histórico para la cultura prehispánica.

Con la estancia en esta suerte de palacio-hospital, el astro modernista ha logrado curar a Berta gracias a la cristalización de la armonía entre los dos polos; usando la concordia entre diferentes signos, enlazadas por un objeto común: la salvación del ser a toda costa.

El palacio del sol y la curación de la armonía
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