En muchas ocasiones, por cotidianos, obviamos a diversos elementos que logran evocar directa e indirectamente nuestra historia local, y que no por gusto ornan la cultura ambiental de la nación. En tal sentido, la naturaleza ha legado en la porción que corresponde a la provincia de Cienfuegos, un patrimonio natural que siempre es bueno consolidar.

Al hablar de ello, estaríamos circunscribiendo aquellas especies, ecosistemas y accidentes geográficos originarios no creados por la mano del hombre acá y que —en mayor o menor medida— se han colado en el pensamiento de los habitantes. Uno de ellos —quizás el más difundido atributo del centro sur de Cuba—, es el árbol de Jagua (Genipa americana) el cual está atado indiscutiblemente a la tradición precolombina en estos predios.

Desde los apuntes que escribieran D. Pablo L. Rousseau y D. Pablo Díaz de Villegas en la Memoria descriptiva, histórica y biográfica de Cienfuegos, “Jagua era considerada por los siboneyes como la diosa que enseñó a los hombres el ejercicio de la pesca, la caza y la agricultura, que según la tradición, tuvo un culto especial (…), un templo que consistía en un montón de piedras hacinadas junto al árbol de su nombre, ante el cual se celebraban fiestas periódicas en honor a la diosa”.

Sin embargo, a pesar de que existen otros topónimos similares en otras provincias como Sancti Spíritus, Camagüey, Granma o Pinar del Río, es en Cienfuegos donde alcanzó mayor resonancia hasta el punto de que tuviera presencia real —al menos— en el céntrico parque José Martí de la ciudad y consignar como atributo heráldico en el escudo de la urbe.

No obstante, hay otros elementos florísticos que aluden a la Perla del Sur, igualmente ubicados en su historia aborigen, como la flor de Mari Lope (Turnera ulmifolia), a quien describe Samuel Feijóo en sus Mitos y Leyendas en Las Villas (1965) como, “una tierna y hermosa mestiza de español e india (…) vistiendo una túnica amarilla, con una tosca cruz de madera al pecho, y tocada de largo y flotante cendal (…)” cual ninfa cercana a las aguas de ese otro gran accidente natural inconfundible, la gran bahía de Xagua.

Otros enclaves que hacen suspirar por el patrimonio natural de Cienfuegos es el Pico San Juan, pináculo de la región central; la Cueva Martín Infierno, las cascadas de El Nicho, la enigmática Laguna de Guanaroca y además —relegadas a la impopularidad de los antecesores—, las Cuevas de Tanteo y Palo Liso, en Rodas, ubicadas dentro del patrimonio natural-cultural donde ya ha intervenido la mano del hombre. Pero poseen algo muy especial varios de ellos: el hecho de estar cercanos a comunidades rurales, un rasgo de vital importancia pues robustecen la identidad y garantizan su salvaguarda.

Especialistas del ramo medioambiental y devotos del patrimonio natural cienfueguero, como el caso del dasónomo Harlem Eupierre Padilla, favorecen estas posturas desde sus estudios para que hoy sean emitidas sugerencias y se tengan en cuenta nuevos espacios para la preservación y el cuidado: “El lugar es un área pequeña en torno a Punta Mangles Altos, punto limítrofe por la costa con la provincia de Matanzas. Allí existe un ‘cayo’ de mangle rojo en medio de un monte xerofítico y un uveral, contrastada siempre en coloración y altura, que le valió el calificativo por los navegantes mucho antes que contaran con el Faro de Punto Los Colorados en la entrada del canal de la bahía. Sin embargo, por varias razones ese ecosistema está feneciendo”, nos afirmó.

Así pues, quién sabe si pueda rescatarse ese espacio en el futuro, espacio que, por si fuera poco lo relatado, alberga especies de palmeras amenazadas como la Copernicia brintonorum, de alto valor endémico para nuestro terruño y para la biodiversidad en el país.

El patrimonio natural que nos llena de orgullo
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