El muchacho no parece cohibido ante la mirada severa, que escudriña. Está de pie; los brazos, el derecho más pequeño, inerte, cuelgan a los lados del cuerpo en señal de respeto, pero la voz sale firme, de quien tiene, a la edad de 12 años, certeza de su futuro.

-Tú tienes problema en un brazo, observa el maestro de música.

-Sí, por eso dejé el violín.

-¿Puedes alzar la trompeta con el brazo sano?

-Claro, si yo juego hasta pelota.

-Sube la trompeta y levanta la mano enferma, manda.

-No, esa no la puedo levantar.

-Y, ¿vas a tocar la trompeta con una sola mano?

-Si yo puedo, la toco.

-Sube la trompeta hasta los labios. El muchacho hace lo que le indican.

-¿No te cansas?

-No, este brazo nunca se cansa.

-Mueve los dedos, ¿estás seguro?

-¡Seguro!

-Ponte esta boquilla en la boca y trata de sacarle algunos sonidos. Y lo hace. -¡Este va a ser trompetista!

“Yo empiezo a estudiar música en séptimo grado por mi padre. Sinceramente, yo no era muy aplicado en la escuela, mi mente no estaba para los estudios. Y ante la exigencia de papá, no me quedó más remedio que enfrentarlo. ¡Yo no voy a ser médico ni ingeniero; lo mío es la música!, le dije. Entonces él habló con un amigo suyo, trompetista, que era profesor de la escuela de música y me concertó esa entrevista con él”.

Han trascurrido 55 años y Bartolomé Abreu Thomson, actual director del Conjunto Tradicional de Sones Los Naranjos, recuerda la escena como si hubiera ocurrido ayer.

Entonces, tu inclinación por la música comenzó tempranamente.

“Desde la niñez. Mi padre tocó con muchas agrupaciones y además, fue cantante de Los Naranjos; mi madre y mi hermana cantaban; mi padrino era violinista; mi abuelo era Tata, del cabildo Arará Espíritu Santo, de Pueblo Nuevo.

“Cuando yo era muy pequeño, en la casa había un tocadiscos. Entonces oíamos agrupaciones como La Estrella Cubana, Arcano y sus Maravillas, se escuchaba a la ‘Chapotín’. Yo me sentaba en un taburetico y me aprendía lo números de memoria”.

“También en mi casa se organizaban fiestas. Se cantaba trova y son de la época. Así fui aprendiendo de la música popular, el ritmo; de la religión yoruba, los cantos”.

La primera experiencia como integrante de una banda, ¿cuándo llegó?

“Tenía siete años; estaba en segundo grado cuando integré mi primera orquesta. Cursaba estudios en la entonces, Escuela Experimental, hoy Mariana Grajales. Hacíamos música infantil y nos presentábamos en otras escuelas y en la nuestra. Yo cantaba y tocaba la percusión.

Entonces esas fueron tus primeras giras, y después…

“Ya en tercer grado, formé el cuarteto Los amigos junto con una compañera que tenía un piano. Hacíamos música de la llamada década prodigiosa: de Los Mustang, Los fórmula V y algunas de Los Beatles. No sabíamos inglés, pero las cantábamos a nuestra manera. Todo esto sin estudiar música; de oído. Con ese cuarteto me mantuve hasta sexto grado”.

Y en séptimo grado tu papá te llevó con su amigo el trompetista y selló tu futuro. Disculpa la pregunta, pero ¿Qué le pasó a tu brazo izquierdo?

“Yo nací pesando doce libras; durante el parto utilizaron fórceps y me desprendieron el brazo. Aunque tuve tratamientos aquí y en La Habana, al final decidí no someterme a una intervención quirúrgica y seguí adelante”.

Pero ese problema no te impidió seguir adelante.

“En seis meses ya yo estaba tocando”.

¡¿De verdad?!

“Sí, pero yo me mechaba. A mí en el barrio me gritaban, ya por la noche, !oye cállate ya! ¡sigue en la pelota que con eso no vas a llegar a ninguna parte!”.

Y,¡¿tú jugaste pelota también?!

“Sí, claro. Yo jugué pelota con Pedro José Rodríguez. Estábamos en la misma escuela, la Abel Santamaría”.

¿Conoces de algún otro trompetista que toque con una sola mano?

“No. Además yo toco la trompeta al revés. La trompeta es para derechos, yo la toco por la parte de atrás, a la zurda”.

¿Cómo llegaste a Los Naranjos?

“Antes de eso comencé como principiante, de oyente, en la Banda de Cienfuegos, en 1970. No me pagaban. Luego estuve con varias agrupaciones más. Mis primeros pasos, ya vinculado a la Empresa de la Música, fue con la jazz band Deportivo, y en septiembre de 1975, entro en el conjunto Música Habana, ya como profesional. Allí me mantuve hasta 1987, que es cuando paso a Los Naranjos.

“Cuando se retira Tomás Castellanos, que era voz segunda, me mandan a buscar, porque yo sabía trabajar esa voz. Estuve cantando hasta los ’90. Cuando se retira el director del conjunto, yo vuelvo a la trompeta”.

Durante 95 años el Conjunto Tradicional de Sones Los Naranjos ha mantenido una sonoridad propia. ¿Cuál ha sido tu aporte a esa herencia?

“Esta agrupación siempre defendió la música tradicional cubana, es decir, la trova, el son, el bolero, lo afro. Nosotros somos la tercera generación del conjunto. Al perder a todos esos soneros que nos antecedieron y fueron nuestros maestros, hemos tratado de mantener el sello, de no perder la esencia de la música tradicional. Pero le ponemos un granito de actualidad”.

¿De qué estamos hablando?

El son tradicional siempre se toca en un aire más pausado, más lento, ahora todo ha evolucionado; las generaciones de hoy bailan el casino. Entonces lo que hacemos es tocar el son más adelante, más ‘allegrito’. Nosotros trabajamos actualmente el repertorio de acuerdo al público”.

Y ¿qué crees de eso que dicen ahora, que el son no es cubano?

¡¿Cómo que el son no es cubano?! Yo estoy oyendo el son de esta tierra desde que nací. Cuando yo tenía como tres o cuatro años conocí a Ñico Membiela; me acuerdo que iba con Felito Molina, en un Cadillac rojo, a casa de mi padrino. A mí me sentaban en un taburetico, y ellos empezaban a cantar; conocí a otros músicos que venían de La Habana entre ellos a Julio Valdés. Que me perdone el que lo dice, pero esa es la música de esta tierra”.

En el corazón de la música cubana
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