Si a estas alturas no habíamos aún constatado por experiencia propia cómo las falsas noticias pueden alimentar indignaciones, miedos, odios y venganzas, el tristísimo espectáculo de cómo algunos han manipulado datos, cifras y hechos sobre lo sucedido recientemente en Cuba, bastaría para aleccionarnos.

Tanto lo publicado por medios “respetables” como lo destilado en las redes, han servido para alimentar por estos días los peores instintos de mucha gente, interesada no en una comunicación para pensar, sino en una falsa realidad que les dé la razón sobre lo que piensan.

Por definición, se trata de una propuesta que induce a que no se escuche nunca al que opina diferente, sino solo lo que refuerza la propia idea; a que no se reflexione ni se analice la realidad con todos sus matices. Al final, todo queda reducido a blanco y negro, a buenos y malos.

Por lo general, las campañas de desinformación se apoyan en las falsas noticias, en el marco de una actuación intensiva dirigida a desestabilizar a un país y a socavar la confianza de sus ciudadanos en el orden establecido.

Pero si bien los también llamados bulos, fake news o posverdad, se probaron otra vez como armas de desestabilización en el escenario cubano, su incremento en el ámbito infocomunicativo mundial ha encendido no pocas alarmas, al punto de que desde hace años, medios de comunicación y diversas organizaciones trabajan para combatir las estrategias de la desinformación.

En ese sentido, un reciente informe del Centro de Investigación Periodística en la Escuela de Políticas Públicas de Sanford, en la Universidad de Duke, Estados Unidos, concluyó que 2020 cerró con 304 proyectos centrados en la verificación de datos, casi un centenar más que en 2019 y más del doble que en 2014.

Especial atención han dedicado algunas de estas investigaciones a las redes sociales, donde se estima que la velocidad con que circula una fake news en muchos casos puede superar ampliamente la difusión de una noticia verdadera.

The spread of true and false news online, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, ha concluido que las noticias falsas en Twitter corren un 70 por ciento más rápido que las verídicas, en tanto Folha de São Paulo cuantificó que un 97 por ciento de las noticias compartidas por WhatsApp por los seguidores de Bolsonaro durante la campaña presidencial en Brasil, eran distorsiones o burdas mentiras.

No pocas personalidades del mundo académico se han preocupado también por el terreno ganado en los últimos años por la “infodemia” o la “infoxicación”, construcciones metafóricas estas que, dicho sea de paso, expresan no solo la tendencia pandémica de esas prácticas sino también su nocividad.

El lingüista norteamericano George Lakoff, por ejemplo, se remitió a un símil gastronómico para  alertar a los receptores sobre la información falsa que circula en los medios. Lo denominó “sándwich de la verdad”, un procedimiento al cual se puede acudir cuando no queda más remedio que incluir la falsedad en el desmentido. Consiste básicamente en tres pasos que, según él, serían las tres capas del “sándwich”:

  1. Pan: comience siempre por la verdad acerca del hecho. Este primer marco mental ya brinda una ventaja desde el punto de partida.
  2. Carne (o cualquier otro relleno): después, incluya la falsedad que quiere desmentir.
  3. Pan: vuelva a reiterar la verdad, para insistir en el mismo marco mental. Adicionalmente, explique las diferentes consecuencias que aquella falsedad podría tener, en contraste con la información verdadera.

Según explicó Lakoff en su podcast Frame Lab, la idea del “sándwich de la verdad” se le ocurrió “…al ver cómo el expresidente de los Estados Unidos, Donald Trump, recurría con una frecuencia aterradora a la vieja estrategia de repetir una mentira tantas veces hasta que sus seguidores creyeran que era verdad”. Por cierto, una añeja práctica goebbeliana que para algunos políticos no ha perdido vigencia.

LA EDUCACIÓN COMO ANTÍDOTO

Sin embargo, aunque todas estas iniciativas han demostrado ser útiles en la lucha contra la desinformación, los expertos coinciden en que solo hay una herramienta realmente eficaz: la educación.

Hoy abundan las instituciones y organizaciones que en el mundo apuestan por una alfabetización mediática para crear una sociedad más resistente ante el engaño, mediante acciones educativas que permitan descubrir la desinformación, formar en conciencia crítica, enseñar a identificar el origen de la información y saber cómo contrastarla.

A los niños hay que instruirles cuanto antes sobre cómo interpretar los medios, de manera que se formen también como ciudadanos críticos ante la información que reciben y que sean capaces de preguntarse quién se las manda, para qué y a quién le beneficia.

Pero en tanto no se incluya esto como asignatura ni se visualice a futuro, todos tenemos la responsabilidad de saber lo que está ocurriendo, de estar en guardia y no dar nunca por sentado algo de lo que no se esté seguro, y menos aún difundirlo en esa vasta tierra de nadie de Facebook, Twitter, Instagram o cualquier otra red social, porque la mentira y la manipulación, que han existido siempre, cuentan ahora con un aliado tecnológico que les permite una mayor eficacia. Por tanto, como ciudadanos, tenemos que ser nosotros los que controlemos las redes y no ellas a nosotros.

Falsas noticias o el envenenamiento por toxicidad informativa
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