¡Han perdido el juicio! Insultan, amenazan, agreden a artistas, periodistas, dirigentes, militantes del Partido, militares, cederistas, campesinos, trabajadores. Algunos han considerado que “debe morir un millón de cubanos”. Otros, en los delirios de la radio de Miami, han hablado de tres o cuatro.

Solo los CDR, la mayor organización de masas del país, agrupa a más de ocho millones de cubanos. Según sus cálculos, peores que el Holocausto de Hitler, de matarlos a todos no quedaría nadie vivo en Cuba para que les trabajara a los nuevos líderes en función de su único amo: el gobierno de EE.UU.

Incitan, en redes sociales, Youtube, la radio y la televisión, a la intervención militar en Cuba. Llaman a que corra por las calles de Cuba la sangre de quienes defendemos el derecho a vivir en una nación libre y soberana. Incitan, desde un exilio que tiene su base de operaciones en la Florida, influencers y youtubers. Cubanos expatriados en su mayoría, oportunistas del lucrativo negocio de “luchar”, a 90 millas de distancia y sin arriesgar nada, por anexar nuevamente Cuba a Estados Unidos, llaman a desangrarnos para que luego vengan ellos y se repartan todo el botín.

Estos nuevos líderes de opinión sobrecargan las plataformas digitales en calidad de portavoces de los grupos que, dentro de la Isla, insisten en machar por un supuesto cambio. ¿Qué van a cambiar? Acaso, ¿la tranquilidad y la seguridad que disfrutamos por la posibilidad permanente del asesinato, de la embestida contra la persona o la familia?

Con el discurso que mantienen estos personajes, con su llamado constante a la sublevación violenta, las manifestaciones a que convocan nuevamente los autodenominados grupos opositores serían tan pacíficas como lo fueron las del 11 de julio.

No permitamos que nos confundan con su vocería virtual ni con las técnicas de marketing empleadas para vendernos su marca. Ya sea el MSI o el 11J o el 27N o la llamada red Archipiélago.

No puede haber cabida para la ingenuidad con los “opositores”, ni con las marchas “pacíficas”. Además de que sus gestores reciben adiestramiento y dinero para su representación, todo ha sido calculado, premeditadamente desde Washington, que les paga y respalda a través de medios y de todas las vías posibles su labor.

La teoría del politólogo estadounidense Gene Sharp, autor del ensayo titulado De la dictadura a la democracia, describe 198 métodos para derrocar gobiernos mediante “golpes suaves”; la estrategia puede ejecutarse en pocos pasos. La primera etapa es promover acciones no violentas para generar y promocionar un clima de malestar en la sociedad. La segunda consiste en desarrollar intensas campañas en “defensa de la libertad de prensa y de los derechos humanos”, acompañadas de acusaciones de totalitarismo contra el gobierno en el poder. La tercera etapa se centra en la lucha activa por reivindicaciones políticas y sociales y en la manipulación para emprender manifestaciones y protestas violentas, con amenazas a las instituciones. Cualquier semejanza con la realidad cubana no es coincidencia.

Por su puesto, ya conocemos hacia dónde va todo esto. Termina con la intervención militar, que en este caso, llegaría desde la primera potencia económica y militar del planeta. La misma que perdió el control sobre esta nación hace 62 años.

¡No habrá baños de sangre en Cuba! No lo permitiremos. ¿Cambios?, sí. De hecho, no se han dejado de gestar desde todos los niveles del gobierno cubano; cambios que generan desarrollo; cambios para perfeccionar el socialismo que respalda la mayoría del pueblo en la Isla.

Para decirlo en buen cubano, otro gallo canta cuando hablamos de la soberanía de la nación y la determinación de preservarla: esas son y permanecerán inamovibles.

Fin de la pretendida marcha “pacífica”: caos, sangre e invasión yanqui
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