Muchos han sido quienes, en el cine norteamericano, han ido contra esos emporios omnipotentes que son las industrias química, petrolera o los holdings farmacéuticos, a través de demandas o casos legales: todavía recordamos las epopeyas de John Travolta, Julia Roberts, Mark Ruffalo o no pocas más.

Los personajes que ellos compusieron, algunos basados en personas y hechos de la vida real, representarían el ángulo de ese sujeto individual estadounidense que, visto arrebatado sus derechos a la salud, lucharía contra gigantes muy bien protegidos por el sistema. Dichos grandes emblemas capitalistas, a la larga, probablemente acallen con cierta cantidad de dinero a esta gente, pero seguirán aniquilando a millones que ni se enteran del daño que sus perjudiciales prácticas les propician.

En tono muchísimo más comercial que películas de directores como Steven Zaillian, Steven Soderbergh o Todd Haynes, se apunta a dicho cauce temático el productor Brian Andrew Mendoza, quien debuta en la realización mediante Sweet Girl (2021), thriller de venganza de ribetes sociales al servicio del hawaiano-estadounidense Jason Momoa, a cuyo lado fundase la compañía Pride Gypsies.

Momoa, el actor de Aquaman y las series Juego de tronos y See, incorpora en el filme estrenado en la televisión cubana a Ry Cooper, un ex militar, obrero de momento, quien acaba de perder a su esposa de cáncer. Supuestamente, curaría a la mujer un producto genérico, retirado a última hora del mercado por la poderosa compañía farmacéutica que lo produce, debido a que vende otro igual, pero a precios solo pagables por millonarios. Entonces, Momoa decide vengarse de quienes urdieron la aviesa decisión en BioPrime e incluso amenaza de muerte en cámara a un alto directivo de esa empresa.

Desde una visión realista, improbable para trabajos cinematográficos así, cuanto viene en adelante no tendría ni pies ni cabeza en la ordinaria vida común de tantos millones de norteamericanos perjudicados cada año por la industria farmacéutica, pero Momoa es un héroe de acción dispuesto a cumplir su promesa. En dicha odisea redentora envolverá sin querer a su hija Rachel (interpretada por la peruano-estadounidense Isabela Merced).

Gran éxito de audiencias de Netflix, aunque vapuleado por la crítica, durante su primera hora el filme en verdad se deja ver, quizá por su puntual afiliación a los basamentos del género —los cuales a veces conviene no subvertir— y porque Momoa es, entre otras cosas y a diferencia de tantos compañeros suyos del cine movido, un no desdeñable actor, quien imprime carisma y trabaja por levantar el relato, a veces hasta en las mal rodadas escenas de acción, demasiados proclives a un movimiento extremo no aplicable a su figura.

No obstante, promediando la zona resolutiva, el guion de Sweet Girl observa un giro que cambia punto de vista/perspectiva de la trama; en realidad no para bien, pues tiende a apartarse de la misma premisa del filme e introduce cierta complejidad inoportuna en el cine de consumo masivo.

También a esta altura se advierten malas coceduras argumentales e injustificadas acciones desde el prisma espacial; esto es cuando Momoa y la hija están en medio de un bosque perdido camino al Canadá y al instante el primero se encuentra, sin corte o elipsis, frente a la casa de otro de los magnates, quien curiosamente aparece allí en medio de la nada. Tal sujeto, antes de ser eliminado, le indica que detrás de todo está una senadora, quien es la única que no muere, pero ella también pagará por sus crímenes. Tal cosa resulta lo más divertido, por ingenuo, de la película, porque los políticos gringos nunca pagan por sus verdaderas fechorías; salvo acaso, en los actuales tiempos, si son hombres y le miran el escote a una mujer, algo punible pero menor, comparado con todo el daño engendrado por sus leyes.

Jason Momoa contra las farmaceúticas
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