Con esperanza, los cubanos disfrutamos las medidas de flexibilidad recientemente aprobadas ante el azote del coronavirus y el paso a la nueva normalidad. Los más optimistas auguran que a partir de la estrategia adoptada en el país, con destaque para nuestras vacunas ciento por ciento cubanas, muy pronto tendremos la inmunidad de rebaño.

En el mundo, pocos países andan a este paso y los triunfadores, con la excepción de Cuba, son solo los más poderosos o los más ricos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) augura que dentro de un tiempo esta enfermedad será endémica y se sufrirá como la Influenza, pero: ¿estará preparado el Hombre para los nuevos desafíos que nos puedan acechar en el futuro?

En primer lugar, tenemos que reconocer que antes del virus SAR-CoV-2, otras enfermedades azotaron al mundo; pero las lecciones aprendidas no prepararon a la humanidad. Es por eso que, si no sacamos las mejores conclusiones, pudiéramos “tropezar de nuevo con la misma piedra y con el mismo pie”. En ese sentido, el olvido puede hacernos el peor daño.

Sí, el olvido por lo que no se deje documentado y lo que no se haya reflejado por quienes permanecerán después de la actual crisis, como pasó con las anteriores y de las cuales conocíamos muy poco. La peste bubónica, la viruela y la gripe española fueron condenadas a la amnesia y nos olvidamos de las desgarraduras del alma. La literatura científica de esa época no pudo registrar los datos exactos ni las verdaderas fuentes de las mismas. Atribuyeron sus causas a los hallazgos que para esa época se conocían por los científicos. También en las artes, el desconocimiento de lo sufrido ha conllevado a que nos sorprenda el dolor. Quizás por eso, ante las actuales dificultades, el reclamo por el predominio de valores como la responsabilidad, la solidaridad o la disciplina de manera insistente, resulten no pocas veces una labor infructuosa.

Y no es que no existan obras. Existen obras, pero son insuficientes y en ocasiones poco difundidas, por lo que no han dejado su huella. Un ejemplo de ello es la gripe española de 1918. En esa época, se estima que enfermó entre el 30 y el 50 por ciento de la población mundial. En los lugares donde se reportó la epidemia se produjeron grandes daños a la economía, a consecuencia de la alta morbilidad y mortalidad que afecto a la fuerza de trabajo. Sin embargo, resultan infrecuentes las obras literarias o de otras artes de esa época que reflejen las angustias que provocaron las más de cincuenta millones de muertes que dejó a su paso en apenas tres años. La mayoría de las obras artísticas se refirieron a la contienda bélica entre las grandes potencias en Europa por el reparto del mundo; pero poco se dedicó para inmortalizar a las víctimas de la pandemia ni a los héroes y heroínas de aquella batalla sanitaria.

Algunas excepciones dejaron su huella significativa resulta la obra El grito, del artista noruego Edward Munch, del que se afirma lo pintó con sus pensamientos ensombrecidos por la gripe.

Sin embargo, la literatura de esa época no recorre los caminos de la Influenza con un espejo, como pretendían Balzac y Stendhal. Solo a posteriori se encuentran obras como El Jinete Pálido, de Laura Spinney, que se acercan a aquellos años, pero reflejan la enfermedad desde la distancia del tiempo.

Más cerca de los cubanos, están los más de 4 mil fallecidos que se estima dejó aquella epidemia.

Estos datos resultan imprecisos si se tiene en cuenta que solo a partir de 1942 es que comienzan a registrar las estadísticas de las muertes por la gripe en Cuba. Si buscamos en la historia y en las artes su huella en nuestra Isla, veremos que es casi inexistente.

Esa puede ser la razón por la que es poco conocida por nuestros compatriotas la labor de la Escuela Cubana de Higiene bajo la conducción del Doctor Carlos J. Finlay. ¡Nuestro Finlay no solo fue el genio merecedor de un Nobel porque descubrió las causas del agente transmisor de la fiebre amarilla!

Tampoco la historia de la enfermera Victoria Brú Sánchez es bien conocida. Su proeza solo circula entre alguno de nuestros coterráneos, predominando los que ejercen su profesión. Por supuesto que no olvidé el merecido homenaje de la Escuela Cubana de Enfermería al develar un busto en el año 2018 en su honor en Cienfuegos o la fotografía que se encuentra en el Aula Magna de la Universidad de Ciencias Médicas cienfueguera para honrar a la que murió al entregar su vida para salvar la de tantos, pero esta obra es poco difundida.

Entonces, por el olvido, nos sorprendió el dolor en esta ocasión. Sí, el dolor; porque ya son innumerables sus estelas en tantas personas en todo el mundo. No solo el dolor por las que han muerto o el de los que pudieron sobrevivir después de horas de angustia y ahogos. Fue entonces que tuvimos conciencia de nuestra fragilidad, pero para muchos era tarde. También el dolor al observar que, en medio de tanto sufrimiento, afloraron el egoísmo de algunos y el altruismo de muchos. Flotaban ante nosotros, como dos tablas a las que debíamos aferrarnos, para salvarnos o para hundirnos más.

Es por eso que, para no olvidar, se demandan para la posteridad obras que reflejen la huella de la calamidad y también de las esperanzas por un mundo mejor, contadas por sus protagonistas. Obras que desnuden la tragedia de la muerte que visitó en varias ocasiones a una misma familia en un corto período de tiempo y la soledad que impone la ausencia de los que fueron llevados por la Parca. Las que cuenten la lejanía impuesta como norma a seguir para mantener el distanciamiento físico necesario por tratar de sobrevivir y el distanciamiento egoísta que conlleva a la desatención a aquellos que, por su edad, siempre estuvieron al lado de los más desprotegidos en los núcleos familiares. Las que pongan a flor de piel la desmesurada ambición del hombre y su voracidad, sometidos a un sistema que pretende tragarse cinco mundos para poder apetecer sus demandas de consumo, como si existiera al menos otro planeta al alcance de todos para poder permanecer.

También se requerirán obras que descubran tantos rostros anónimos quienes se entregaron para salvar al prójimo y nos dieron la esperanza. Obras que cuenten la historia de un pueblo que se aferró a su amor a la vida y enfrentó al gigante de siete leguas, sin dejarse poner la bota encima. Un pequeño pueblo que tuvo el valor que le falta a los sietemesinos que no tienen fe en su tierra.

Para sobrevivir, habrá que contar la historia presente sin desconocer las más disímiles experiencias del circo humano y transmutarlos al arte. Se demanda que las lecciones aprendidas, sean transmitidas por los agentes culturales, cualquiera que sea el gusto que impere. Obras culturales que, como bocas en el tiempo, recorran el camino con el espejo y no lo dejen solo a Netflix, Amazon, Hulu o Walt Disney; porque, aunque para muchos las películas lo hacen mejor, no cabe duda que desde la literatura y el resto de las artes lo tratan de manera diferente. “A la corta o a la larga, ya se sabe, los vientos del tiempo borrarán las huellas. ¿Travesía de la nada, pasos de nadie? Las bocas del tiempo cuentan el viaje”, como dijera Eduardo Galeano.

La actual pandemia y la huella necesaria
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