Dijo un escritor clásico que la adultez comienza cuando perdemos los padres. La ruptura, simboliza la desunión de un cordoncillo vital, pues de los seres vivos, es el humano el único que al nacer, si no lo asisten perece y luego, en ese apoyo corresponde a los progenitores una labor permanente.

En la mayoría de edad perdemos tales bridas, y quién niega que en esas lides es la figura paterna la autoridad desde el amor.

El imaginario social crea fechas de homenaje proclives a la nostalgia de la orfandad. Por esa y otras razones, para crecer es preciso crear resortes, a fin de sortear la realidad de las ausencias.

Este tercer domingo de junio es válido el postrer tributo a aquellos que no trascendieron solo por la masculinidad, sino por el despliegue moral a toda prueba e inspirador sentido del deber.

Se les admiró en el fragor de un regaño o en el abrazo devenido premio, pues casi siempre resultó la seda en la mano dura.

La muerte es un velo que se descorre y deja ver nuestra fragilidad, sobrevivir con sentimientos encontrados es el mayor reto.

Todos guardamos memorias infantiles de los primeros pasos, descubrimientos y posteriores revelaciones del entramado proceso de la vida. En los recuerdos nos concebimos pequeñas figurillas a la sombra de una mano protectora, candil en las penumbras de la inocencia.

Mientras, en el duelo afloran contrapuestas las memorias, porque en la nueva realidad gravitamos en la indefensión cual reseques de planta que perdió su raíz.

La pérdida de un padre nos lleva a un mundo pensado, pero jamás aceptado; de repente exploramos un nuevo terreno, nos sentimos desarraigados o como si el suelo se hubiera desprendido debajo de nosotros. Y es que de manera simbólica, realmente así ha sido.

Un solo mecanismo defensivo alivia cuando la vida sigue, nos premia con deleites filiales y permite reeditar el cariño en hijos y nietos. Perpetuar los legados de cariño de nuestros padres, es la única forma de revivirlos, y así, en esa ausencia presente devendrán anclas invisibles y quedarán eternizados en nuestra línea de tiempo generacional.

El Día de los padres, más allá de ocasión luctuosa, puede acontecer conmemoración en la que fortalecemos conexiones familiares con nuevos significados, más profundos.

La muerte es un velo que se descorre y deja ver imperfecciones. Solo una barrera aparente separa del abismo; allí donde está el dolor insepulto se levanta la muralla del amor, ese sí es inmortal, y los recuerdos entonan la melodía universal de la ternura.

La ausencia presente de nuestros padres
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