Un amigo recién se quejaba en sus redes sociales de los caminos empedrados y de los burós que todavía dificultan alcanzar cualquier meta antes de atender, tramitar, resolver. A la prevalencia de estos tronos, tan lesivos y contrarios a la idea del progreso, apuntó el General de Ejército Raúl Castro Ruz durante la presentación del informe al VIII Congreso del Partido Comunista de Cuba (PCC). Otra vez, fustigó el exceso de burocracia y la parsimonia frente a cambios que no aguantan más esperas.

“Se impone —dijo— imprimir mayor dinamismo al proceso de actualización del modelo económico y social”, un reclamo repetido a lo largo de los últimos años, pero que encuentra resistencia en prerrogativas aún por renovar, así como en actitudes centralizadas y dependientes de la firma, el papel o la decisión que debe llegar desde arriba. En el día a día de los cubanos, tales situaciones se traducen en incompresiones, maltratos, demoras y absurdos con vocación para complejizar la existencia, como si no bastara con las estrecheces que ya afrontamos.

Las máximas autoridades del gobierno en la Isla tienen muy claro el grado de entronización del fenómeno y la necesidad de abolirlo. “Hay burocracia al lado de nosotros, frente a nosotros, detrás de nosotros”, expresó Miguel Díaz-Canel Bermúdez en 2019, al declararle la guerra a las trabas y dogmas imperantes en diversos sectores. El volumen de medidas aprobadas bajo su presidencia con el objetivo de conseguir mejores niveles de gestión en los ámbitos de la vivienda, la inversión extranjera y la actividad bancaria, es síntoma del empeño estatal por extirpar el problema. Ahora, no sucede igual en las estructuras de base, donde a fin de cuentas corre la vida y pareciera regir cierta devoción a las reglas inflexibles y sumisas de otros tiempos.

Recuerdo, por ejemplo, un incidente al que asistí como reportero a inicios de año. Fue en la unidad comercial de Etecsa situada frente al Hotel La Unión, donde varias personas se apostaron al saber de la entrada de teléfonos celulares, con la esperanza de comprarlos ese propio día. Tras horas de estancia en las afueras del establecimiento, la respuesta de la administración a los clientes —la misma ofrecida al periódico— aludió a un sistema que debía actualizarse y solo lo hacía a las doce de la noche. La aparente formalidad era el difraz de un proceder burocrático. Importaba más aquello que los potenciales consumidores e ingresos económicos por adquirir.

Esto, por supuesto, para nada nos sorprende, pues resulta bastante común en otros entornos cotidianos. Cuños, planillas, autorizos, documentos y trámites han sido hasta hoy un componente genético de la realidad cubana, con el consiguiente lastre de ineficiencias que intentan esconder bajo el manto de códigos y normas; los cuales, lejos de facilitar, aligerar, ordenar; dificultan todo y convierten lo más mínimo en imposible. Es la naturaleza de la burocracia excesiva: lo ilógico instrumentado como algo racional.

En la pelea por cerrarle espacios y erradicarla, las acciones gubernamentales se han enfocado en destrabar procesos que impedían el despegue de esferas puntuales dentro de la economía nacional, definida como la batalla fundamental del país. La ampliación del trabajo por cuenta propia a más de 2 mil actividades y las nuevas disposiciones acordadas para el sector de la Agricultura, expresan esa voluntad, aunque ello tampoco salva su implementación de ser víctima de papeles y de funcionarios poseídos por los burós. Un mal así está enquistado no solo a nivel de oficinas y rutinas laborales, sino en el pensamiento e imaginario social, que hacen de las reglas una extrema aberración. Para arrancarlo de raíz, los golpes de arriba deben sentirse con fuerza abajo.

La burocracia enquistada y los golpes para arrancarla
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