La gente se cansó de la Covid-19. Los ojos ya no se sobresaltan cuando al vecino se lo llevan otros vestidos de verde. La gente se abraza y conversa largas horas en la esquina. Se invitan a un café y difuminan los colores de una pandemia en el lienzo cotidiano, a brochazo limpio. ¿Será?

“Desde el primer día que llegamos a Cienfuegos hemos visto muchas personas violando las reglas básicas contra la Covid-19: el uso del nasobuco y el distanciamiento social. En los barrios hay niños y adolescentes jugando en las calles, algunos ni llevan protección de las vías respiratorias y ahí se genera una transmisión perpetua (…) El exceso de confianza puede ser una bomba a largo plazo”, dijo sin muchos rodeos el Dr. Leovy Semino García, en reunión conclusiva tras una visita ministerial de inspección al sector de la Salud durante la semana pasada.

Sobre esa cuerda realista camina el destino de una ciudad, de una provincia que no para de sumar números a las estadísticas de una pandemia mundial y con un personal médico agotado que merece el respaldo social para seguir adelante, para salvar por encima de todo. Si ha sido difícil en casa soportar largos periodos de aislamiento, imaginemos para los médicos, enfermeras y personal sanitario, en general, que no han parado de trabajar y preocuparse, además, por las necesidades de sus hogares.

La baja percepción del riesgo en los cienfuegueros en cuanto al peligro que representa la Covid-19 ha sido caldo de cultivo para el debate en las redes sociales y en los medios de prensa. Hoy una de las mayores brechas del territorio en el enfrentamiento a la enfermedad, cuando han transcurrido 365 días de la aparición aquí de los primeros casos en marzo de 2020.

¿Por qué no se guarda distanciamiento social en las colas? Bueno, las colas ya forman parte de la genética del cubano, una llaga que debe sanar cuando la prosperidad pueda emerger y la crisis económica enmudezca en la cotidianidad misma. Están ahí, quizás irremediables, persistentes, de tacones o con chancletas, de boutique o de bodega… están, y ello no pude significar que la racionalidad sea menos que la ansiedad por adquirir determinado producto, algunos de primera necesidad, otros, ni tanto.

Ni con representantes del orden público ni con la vigencia del decreto Ley 31, aún con indicadores irrelevantes en el territorio, el distanciamiento social reposa en tierra fértil. Las personas se aglomeran, mientras las cifras de la pandemia tatúan el mapa cubano.

Todos tenemos que estar conscientes de que la situación epidemiológica, en vez de decrecer, parece cada día reverdecer fuerzas y sumar nuevas cepas en varias naciones, por lo que el mejor antídoto que tenemos ahora es la protección que nosotros mismos nos demos, mientras que varios candidatos vacunales siguen en proceso, con pronósticos muy halagüeños.

No menos distorsionado anda el uso del nasobuco, un atuendo que será historia como los buques que traían a los colonizadores de América, como el peine caliente para alisar el pelo crespo, como las velas que alumbraban las noches coloniales. Pasará porque el hombre ya ha ganado otras tantas batallas virales, porque la tecnología nos corta las distancias y el desarrollo de las ciencias está alto como las montañas del mismísimo Everest.

Pasará, pero ahora nos toca asumir las nuevas complejidades de la vida saturada de Covid-19. Pasará, pero ahora nos toca concientizar que de nuestro comportamiento social sale un respiro para el personal médico y la economía nacional. Pasará y volveremos a reír sin medias tintas, a plenitud.

La inconciencia de una pandemia
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