El paisaje es un estado del alma, regocijo de los sentidos domeñado por la orgía de cromas y horizontes, donde el espíritu y la naturaleza se abrazan para asir en los sitios recreados o ficticios la sutil codicia de las efusiones. Rodolfo Bermúdez Gutiérrez (26 de febrero de 1971) no puede exiliarse de esa serenidad incontrolable que consigue con sus entelequias, pues en ellas asienta su vocación por las formas puntillosas y consuma la aventura de la utopía, el consuelo de los infinitos parajes cortejados por el verde y los azules, esa espesura que insiste en probarnos lo frágil que somos y el apremio de un diálogo con nuestra mudez interior para detentar el propósito de la vida.

Desde los duros años en que el artista se deja arrastrar por el lenguaje de las artes visuales, Bermúdez insiste en una tradición casi trunca, acaso por los morosos cambios en su enunciado y la mirada discriminatoria de quienes  asumen la muerte del paisaje. Probablemente, sugestionado por su coterráneo Tomás Sánchez y la seductora línea de la escuela rusa, apuesta por un tipo de relato que ofrece sentido a la naturaleza como una construcción cultural; empero, despojada de entibos religiosos o psicosociales. En su caso, las motivaciones se erigen como un discurso llamado a la tradición estética, inacabable búsqueda de la belleza como filosofía, al tiempo que sus quimeras paisajísticas nos inducen a especular sobre cuán culpables somos de las tragedias ambientales.

Javier Maderuelo refiere que “el paisaje es un constructo, una elaboración mental que los hombres realizamos a través de los fenómenos de la cultura. El paisaje entendido como fenómeno cultural, es una convención que varía de una cultura a otra, esto nos obliga a hacer el esfuerzo de imaginar cómo es percibido el mundo en otras culturas, en otras épocas y en otros medios sociales diferentes del nuestro”. De cierto modo, Bermúdez comparte este aforismo, confiado de que sus obras, desprovistas de los signos experimentales de sus referentes, traslucen la ecología del alma, aunque el hombre no asoma por esos parajes apartados de la rutina cotidiana. Ya expresaba Martin de la Soudiere que el paisaje “es una distancia que se adopta con respecto a la visión cotidiana del espacio”.

Sus entelequias visuales acusan la noción de un creador amante de la luz, las formas exuberantes, perspectivas aéreas, la policromía controlada por la tensión de los valores, el ritmo desenfrenado en multitud de planos que gozan de los esfumatos y las temperaturas climáticas.

Bermúdez renuncia a sus caprichos indagatorios de la segunda mitad de la década de 1990, cuando solía fragmentar el paisaje con lecturas abiertas, y persevera en un tipo de relato que, teniendo en sus protagónicos al agua, el rocío y los remolinos (la mar y ríos), concluye en decirnos que una existencia sin paisaje es una muerte precoz. Si aún no atrapa la noción, lléguese hasta la Galería del Boulevard durante el mes de julio. Vista hace fe.

La infinita humedad de los sentidos
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