“El país es una inmensa azucarera”. Así definióa la Isla, el historiador de La Habana y de Cuba, Eusebio Leal Spengler, en su conferencia magistral durante el Taller Internacional del Azúcar de 1995 y, hablando en aquella reunión de las pasiones que el cubano lleva prendidas en sus esencias, continuó el humanista. “No puede faltar la tacita de café, breve, oscuro y dulce. Y es que hay un matrimonio entre azúcar y café que está un poco metido en la vida espiritual y en el alma invisible de Cuba”.

¡Cuánta verdad! El cienfueguero Germán González Valero, por ejemplo, no imagina otro modo de comenzar su día que con el trago dulce-amargo, caliente sin que llegue a quemar, bajándole por la garganta y sacudiéndole del cuerpo la noche que aún no termina. “Nos levantamos a las cinco de la mañana y a las seis ya comenzamos el corte”, explica.

“Yo toda mi vida he sido operador de combinada”, dice, y entiendo que por “toda mi vida” se refiere a los 40 años que acumula de actividad laboral. Comenzó a los 17, allá en su Rodas natal, de donde nunca quiso partir definitivamente.

¿Desde el primer momento operaste una combinada?

“Eso siempre fue lo que me gustó… Así que ya de muchacho andaba todo el tiempo detrás de los operadores. Cuando tuve edad comencé de novillero, después fui mecánico, hasta llegar a lo que me gustaba, que era cortar caña con la combinada. En el camino fui aprendiendo. Otros operadores con experiencia me enseñaron. Aprender mecánica es una ventaja, porque cuando se rompe la maquinaria, muchas veces no hay piezas y la solución depende de nosotros mismos en el momento para seguir avanzando.

“Yo he sido millonario todos los años. Con las nuevas máquinas he logrado cortar hasta dos millones de toneladas de caña en una contienda”.

Se dice fácil, pero…

“Implica pasar mucho tiempo sobre la combinadas, en el campo. Estoy hablando entre catorce y 16 horas diarias. Es un sacrificio grande. Prácticamente, uno se pasa el día en el campo. Arrancamos de madrugada, antes del sol, y regresamos a la casa sobre las diez, once de la noche”.

Ahora que desempeñas otra función, quizás todo es diferente, ¿hay más tiempo para la familia?

“En el último año me dieron la responsabilidad de estar al frente de un pelotón cañero. Ahí la jornada laboral es de 24 horas. Después del corte, muchas veces hay que seguir al tanto de todo. Si falta esto; si se rompió aquello. Y hay que resolverlo para garantizar que no se afecte el día siguiente ni se ponga el riesgo el cumplimiento del objetivo diario”.

Vivimos tiempos muy difíciles. La pandemia de Covid-19 agravó una situación que ya era muy tensa con el recrudecimiento del bloqueo que Estados Unidos nos impone. Nunca faltan los desafíos en este escenario.

“Los retos son muchos. En la actualidad estamos atravesando una situación muy difícil con los insumos. Faltan los productos químicos para la caña, las piezas de repuesto, el combustible, pero tenemos la decisión de cortar toda la que está sembrada y contribuir a que se produzca hasta el último grano que necesita la provincia para cumplir el plan de azúcar.

“A nosotros nos dieron la tarea de cortar 500 toneladas de caña en esta zafra y todos los días salimos al campo con la determinación de avanzar en el cumplimiento de esa meta, a pesar de todo lo que nos puede faltar”.

Luego de cuatro décadas de labor ininterrumpida, a este hombre de pocas palabras e incontables horas de sudor bajo el sol, le fue otorgada la Orden Lázaro Peña de Primer Grado. El reconocimiento lo llena de un orgullo sano y comprometido.

Aquel día lejano de 1995, Leal Spengler compartía con su auditorio un recuerdo de su infancia. El del declamador repitiendo los versos: “rechinan las viejas carretas, llevando la suerte de Cuba en las cañas”.

Quizás, en el presente, la suerte de la nación viaje sobre hombros obreros de cubanos como Germán.

La suerte de Cuba sobre hombros obreros
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