Los cinco candidatos vacunales cubanos para el enfrentamiento al coronavirus SARS-CoV -2, junto a otras quince vacunas creadas desde 1981 hasta hoy por la biotecnología en Cuba para combatir otras enfermedades, ponen al descubierto lo que es posible lograr por un país subdesarrollado y además bloqueado; pero un país soberano, dueño de sus destinos y que no acata los dogmas del monetarismo. Esto es ya un pésimo ejemplo para los que deben elegir entre el yugo que los mantenga arrodillados ante el imperio o la estrella que ilumina y mata.

El ejemplo cubano, produciendo sus propias vacunas, no es conveniente a los ideólogos del neoliberalismo ni al propio capitalismo, ni a su doctrina de saqueo de los pueblos subdesarrollados ni a los centros de poder hegemónicos. Los resultados de la Isla son la antítesis de un modelo que incluso en los países más ricos del planeta no resuelve nada, ni siquiera el desempleo y lleva aparejado la pobreza y la desigualdad social. Un modelo que desde el 11 de septiembre de 1973 instaló las bases del régimen económico-político neoliberal en “Nuestra América”, con las “asesorías” en materia de reformas económicas y sociales en Chile por parte de los llamados Chicago’s Boys. Desde esa época, ha impulsado brutales procesos de privatización, desregulación financiera y precarización laboral en toda la región. Estas políticas han desembocado en los más recientes estallidos sociales en Colombia, Chile, Ecuador o Perú; hasta oleadas migratorias desde Honduras, Salvador, Guatemala y México hacia el norte, tras la cacareada “libre circulación de bienes a través de las fronteras con las fuerzas del mercado”, pero que prohíben el libre flujo de la fuerza de trabajo.

Contrariamente a los preceptos del Consenso de Washington, a las políticas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, que tratan de propiciar recortes en el gasto público, la privatización de los recursos naturales, la exacerbación de las actividades extractivas, entre ellas las explotaciones de los hidrocarburos, la minería a gran escala y los monocultivos biotecnológicos, así como de minimizar el papel del estado en las naciones; el Estado cubano ha realizado una inversión importante en el desarrollo de la industria médico-farmacéutica y biotecnológica, como una prioridad nacional, por su incidencia en la salud humana, la elevación de la calidad de vida y como fuente importante de ingresos al país por su alta eficacia.

Cuba apuesta por la soberanía de una nación que ha invertido en el desarrollo de la ciencia y la técnica desde los primeros años de la Revolución. Los resultados de la ciencia cubana son fruto de la visión del Comandante en Jefe Fidel Castro, cuando aquel 15 de enero de 1960, de manera anticipada decía: “El futuro de nuestra Patria tiene que ser necesariamente un futuro de hombres de ciencias, tiene que ser un futuro de hombres de pensamiento, porque es precisamente lo que estamos sembrando; lo que estamos sembrando son oportunidades a la inteligencia…”. Cuba salvaguarda su derecho a participar en igualdad de condiciones, en un mundo que se adentra en lo que se ha en dado en llamar “la sociedad del conocimiento”, es decir, sociedades en las cuales la significación del conocimiento crece constantemente.

Cuando la producción de fármacos en el mundo es controlado de manera oligopólica por las grandes empresas multinacionales orientadas a las ganancias y que coincidentemente son norteamericanas, alemanas, francesas, suizas, inglesas y suecas, y cuando la cooperación ante el azote de la actual pandemia es opacada por el egoísmo de “la mano invisible” de Adam Smith, Cuba no solo desarrolla su industria farmacéutica y biotecnológica de manera soberana, sino que se ha convertido en el país que ofrece cooperación médica para el enfrentamiento a la Covid-19 en más de 40 países y brinda su colaboración en el sector farmacéutico a todos aquellos que requieran de su ayuda, como única estrategia válida para oponerse a todas las pandemias que azotan hoy a la humanidad: colaboración contra la pandemia del coronavirus, del hambre, de la pobreza extrema, del analfabetismo o del azote del cambio climático.

Pero el ejemplo de Cuba no es bueno a la vista de los emperadores de estos tiempos y que desde los Estados Unidos se empeñan en incluirla en listas y más listas: mecanismo ilegítimo, unilateral y arbitrario. Los “listeros norteños”, desde la época del señor Donald Trump y ratificado recientemente por el actual presidente Joe Biden en la voz del secretario de Estado Anthony Blinken, acusan a Cuba de manera mentirosa, de ejercer el tráfico de personas. Por supuesto, que además de su empeño por descalificar la obra del pueblo cubano, se encuentra la necesidad de bloquear el mejor antídoto ante el virus neoliberal: la solidaridad. Lo agrava la ceguera de los ideólogos capitalistas y de los emperadores yanquis, que no saben de solidaridad, altruismo ni humanismo y que desconocen el principio martiano de “Patria es Humanidad”.

Decía Fidel que “de lo que se trataría sería de llevar a cada país lo mejor de las experiencias y los resultados de los demás en materia de desarrollo científico-tecnológico, la producción agropecuaria e industrial, la extensión y perfeccionamiento de la atención a la salud, la educación y demás servicios sociales, la protección del medio, la promoción de la cultura y cuantos otros terrenos sean susceptibles de un trabajo organizado y decidido de cooperación”. Aprendan señores imperialistas, porque ese legado sí es eterno.

*Miembro Distinguido de la Asociación Nacional de Economistas de Cuba.

Las vacunas soberanas de Cuba, la solidaridad y el antídoto al virus neoliberal
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