*Por Alberto Vega Falcón

Corría el año 1960 y en la Dirección de Investigaciones Folclóricas de la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas, un hombre inquieto, locuaz, sagaz, visionario, laborioso como una hormiga y hondamente humano, trabajaba incansablemente en la búsqueda, selección y prólogo de un futuro libro, que sería, es y será, una joya de la oralidad del pueblo cubano: Los Trovadores del Pueblo. Ese hombre era, es, Samuel Feijóo Rodríguez, el Sensible Zarapico, que nos estaba legando una obra imprescindible, cuando de las investigaciones de la décima y sus cultores  se trata.En el inicio del prólogo Feijóo señala: “Al terminar la compilación, rebuscando entre centenares de folletos, hojas sueltas, tradición verbal-ardua, alegre pacientosa, del primer tomo de nuestros trovadores camperos, una pregunta, singularmente amarga, surge de nuestro asombro ante sus décimas primorosas: ¿Mediante qué forma de ceguera antipoética estos variados y sabios ‘bardos’, centros recios y puros del alma del país, el corazón cerrero patrio, ha podido ignorárseles en los compendios y estudios de las letras cubanas que nuestro millares de estudiantes leen como cultura nacional, creación ‘literaria’? ¿Por qué no se les ha recogido orgullosamente en los tantos textos de literatura como una de las verdaderas victorias de la expresión propia?”.

 Portada de Los trovadores del pueblo

Portada de Los trovadores del pueblo

No poseemos la información sobre los números  de ejemplares que fueron editados aquel 10 de octubre de 1960 en la imprenta Ucar, García,


S.A., en la capital cubana. No conocemos las causas de la edición de un solo tomo, pues estamos convencidos de que Samuel poseía el material suficiente para un segundo volumen. Baste decir que en este, primero y único, compilo a decenas de cientos de décimas de más de 280 poetas, incluyendo trece más que aparecen en el anonimato. En un total de 684 páginas se da fe de ello. Nunca nadie, ningún investigador, había hurgado con el oído pegado a la tierra, la nuestra, la suya, en el alma; en el alma y el sentimiento de los creadores


más humildes.


Samuel ordena, para la mejor comprensión de los lectores, la ubicación de las obras por épocas, a decir : de 1900 a 1914; de 1915 a 1935 y de 1936 a 1958. Décimas sujetas y obras, inclusive, a cuatro manos, son todo un arsenal decimístico de incomparable valor oral, que como frutos maduros, recogió Samuel, trillos arriba y trillos abajo, caminos, callejones, villorrios, llanos y lomeríos, en una cosecha imprescindible para el alimento espiritual. Arduo trabajo en una época en que, a decir del propio Feijóo, a los poetas decimistas se les publicaba poco o casi nada, salvo raras excepciones.


Y cierra Samuel en su prólogo: “¡Y qué raros centauros y dioses griegos en la campiña cubana, siguiendo la tradición de los antiguos poetas cultos cubanos Iturrondo, Plácido, Luaces…La herencia del Cucalambé príncipe de nuestros bardos”. Metafísica, religión, pureza política, patria, amor, alegría, chanza, frescura, dolor, frustración, angustia, rebeldías, andan en estas páginas escritas por el pueblo, ajeno a modas, a doctorinos de la estética, a petulantes poetas afrancesados, disfrazados de pueblo, de poblacho, a grupos autotriunfales y dicta pautas letrinos y porcinosos. Es el mundo de la alegría del canto y del alma popular.  En el pueblo, el que queda, el que con la luz entrañable alumbra. Lo que él recoge permanece. Su cultura es la madre del saber, el hondor uno y todo el brillo del hombre. Aquí está la sencillez maestra, la transparencia, la fantasía, la gracia alegre, el choteo, la sátira, la pureza, el dolor y la esperanza de nuestro pueblo. Aquí está su rostro viril, enamorado, fresco, en profunda sencillez”.


Tesoro invaluable, joya de la oralidad, Los Trovadores del pueblo, se inscriben en la memoria afectiva de la Isla, y son, a mi juicio, vaso


comunicante por donde late, rimadamente, el corazón poético de la nación.


¡Gracias, Zarapico, por salvarlos del tiempo y el olvido!

Los trovadores del pueblo, una joya de la oralidad
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