Cuanto atravesamos los humanos desde diciembre de 2019 supone una experiencia inédita, al menos para la mayoría de los seres vivientes del planeta. La pandemia ha traído aparejados cambios obligatorios en los modelos de vida, los cuales trastocan rutinas, órdenes, proyectos.

Por razones por todos conocidas a diario, no resulta sencillo para nadie adaptarse a las normas globales entronizadas, pero de acatarlas depende lo más sagrado que poseemos: nuestra vida.

Cuba, cual conoce toda persona con un mínimo de información, libra batalla campal contra la enfermedad, con resultados loables, pero que en virtud del empeño depositado pudieran ser mejores, de contarse con toda la disposición y disciplina precisadas por parte de la población e instituciones.

En Cienfuegos —donde por largos meses experimentamos la distensión no conocida por otras provincias—, transitamos hoy momentos complejos. Escenario este sin correspondencia con el sostenido esfuerzo desarrollado en el territorio en contra de la pandemia.

Entre marzo y diciembre de 2020 la provincia destinó 17 millones de pesos al enfrentamiento al nuevo coronavirus. La cifra ya ha sido sobrepasada en solo tres meses del actual año: 25 millones.

La labor de los especialistas de la Salud (el sistema general, desde su dirección a todos quienes intervienen en el trabajo de prevención y atención directa) y la de los dirigentes de la provincia ha sido ininterrumpida y de veras encomiable. Hay personas aquí que trabajan de lunes a domingo, prácticamente 17 o 18 horas diarias, en un combate por momentos asemejado al teatro de operaciones de una guerra.

Decenas de miles de coterráneos respaldan dicha entrega, tan rara de apreciar en otras latitudes del mundo, mediante el cumplimiento de su principal misión: cooperar de manera disciplinada, en función del bien suyo, de su familia y de su comunidad.

Otros, desafortunada e increíblemente, no han interiorizado aún el carácter letal del flagelo y juegan tanto con su propia salud como con la del resto de los cienfuegueros. La escasa percepción de riesgo de ellos pone en peligro la suerte de muchos. Todos los actores sociales deben perfeccionar e incrementar su incidencia sobre los mismos, en función de convencerlos, persuadirlos, ilustrarlos o, dado el caso, neutralizarlos.

No es posible ahora la realización de fiestas privadas en piscinas, ni dominós con ron en las esquinas, ni deambular hasta altas horas de la noche, ni caminar sin nasobuco, ni hacer visitas innecesarias u otras de las tantas tendencias negativas a diario registradas. No solo a nivel personal se suscitan parecidas o diferentes proclividades incorrectas. También a escala de centros laborales, donde la violación de los protocolos sanitarios concitó el surgimiento de escenarios desfavorables.

Las nuevas medidas adoptadas por el Consejo de Defensa Provincial (CDP) el lunes y puestas en vigor ayer, todas correctas y acordes con la actual situación informada cada día tanto en este como en el resto de los medios locales, precisan acompañarse de un nuevo pensamiento, de un nuevo proceder colectivo afianzado al celo de todos por preservarnos.

Pensar diferente pasa por observar de manera consciente cada una de las normas adoptadas.

Y también por urgencias como la realización de una pesquisa sanitaria realmente seria, signada por su eficacia (cual señalaba el lunes Félix Duartes Ortega, presidente del CDP, debe procurarse esencialmente calidad).

Si, de acuerdo con lo establecido, un centro o institución equis debe trabajar hasta las 2:00 de la tarde, este no puede limitar el acceso al público desde las 12:00 del día, porque entonces allí lo entendieron todo al revés. En vez de aliviar cuanto están haciendo en la práctica es perjudicar, en tanto la avalancha de personas necesitadas del servicio es mayúscula en horario de la mañana. Y la Covid-19 sí no trabaja por horarios.

De nada vale eliminar las ventas de los productos de primera línea de las tiendas recaudadoras del Bulevar o del Prado — como ha sucedido a lo largo de todo este año sin que ello haya incidido en un mejoramiento de la situación epidemiológica—, y, pongamos por ejemplo, ubicarlas en un consejo popular, porque el SARS-CoV-2 lo mismo ataca en el centro de la ciudad que en uno de sus barrios. Lo pertinente sería, con los pocos recursos disponibles, realizar una distribución equitativa, de manera que ningún punto geográfico quede desabastecido. Y así el virus tampoco se ensañará con ninguno.

No es el momento ahora de practicar el deporte nacional de muchos centros de trabajo en Cuba: la reunión. (En Japón hace más de medio siglo que no las hacen y son la tercera economía del planeta). Muchísimo menos si tales encuentros se realizan en lugares cerrados, sin ventilación.

Tampoco es el momento ahora de reírle la gracia a nadie, ni mostrar esa tan dañina falsa solidaridad con el inadaptado que, como no entiende nada porque parece que no fue a la escuela, quiere “poner malo” determinado ambiente. Eso ha sucedido, no siempre con la respuesta debida. A semejantes sujetos debe salírsele al frente, con los argumentos conocidos. Si no entienden, ahí están las fuerzas del orden.

Quisiera escribir sobre muchos temas aquí, pero el espacio lo impide. Sí resta subrayar que las nuevas medidas ameritan respaldarse por una nueva forma de actuar ligada a sentido de la responsabilidad, instinto de supervivencia e inteligencia. Votemos por ello.

Nuevas medidas demandan un nuevo pensamiento
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