Antes de la arrancada, la imaginé tal cual me dijo una vez: «En ese momento no hay tiempo para pensar en algo, solo me concentro en escuchar el disparo y correr con precisión».

Tiene invicta diez años, una hazaña que ha visto el mundo, desde Dubai hasta Lima, y ahora en Tokio.

Muchos preguntan cómo resiste, a tan alto nivel, competir en tres distancias en solo pocos días, y por ella responde su estirpe: ninguna dificultad la frena. Si así no fuera, ¿cómo explicar que, en su transición a la categoría de débil visual profunda, mantuviera intacta su maestría de ganadora?

Abanderada en Tokio, además de la delegación tricolor que encabeza, la acompaña otra delegación numerosa de afectos, refuerzos emocionales, dice ella.

«Tengo una hermosa familia», adelanta, y luego, otro sentimiento grande. «¿Cómo retribuyes tanto amor?», le pregunté en una ocasión: «Siento un eterno agradecimiento y compromiso por los cubanos. A la Patria siempre la representaré dignamente, porque soy una servidora fiel de la Revolución y del deporte».

Con tales fuerzas, Omara volvió a ser campeona en Tokio, poco después de que otro cubano, para gloria del país, y causa de dicha enorme, se adelantara con un oro sorpresivo.

Con apenas 18 años, y en su estreno en Juegos Paralímpicos, el saltador de longitud Robiel Yankiel Sol Cervantes, destrozó en su primer vuelo el récord para la competencia, y se declaró campeón desde temprano.

Con la hazaña de Omara y Robiel –buenos nombres para el carácter y la voluntad de su país, en pie sobre todos los obstáculos– Cuba se estremece y crece.

Granma

Omara de oro, por sexta vez (+Video)
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