La imagen de una planta rebrotando, luchando por subsistir luego de haber sido cercenada con saña, posee un enorme simbolismo, y es la que debe prevalecer de manera especial durante estos tiempos de grandes dificultades, como emblema de nuestros anhelos e ilusiones.

Esa pequeña planta es un árbol de Jagua, cultivada en los predios del Oasis Teosófico Martiano, casona ubicada en la avenida 16 del reparto Punta Gorda de Cienfuegos. Allí continúa, junto a una palma, luchando por la vida que intentaron quitarles.

Pero no están solas: han sido varias las voces que han alzado denuncias, porque, como dijo Ángel Enrique Melians, miembro del grupo ecologista Cienfuegos Verde y asiduo promotor de las labores del Oasis, “Si bien un árbol, per se, ya es sagrado, en cuanto ser vivo que merece nuestro cuidado y devoción, estos en particular adquieren para nosotros los cubanos especial significado”.

El hecho no es aislado, y este diario digital ha sido vocero sobre el asunto en distintas ocasiones. Para mayor pesar, el vandalismo contra natura se esparce como pólvora y con más frecuencia en disímiles espacios de la urbe, donde fueron sembradas otras especies.

Todos debemos percibir que proteger el verdor, sobre todo en las áreas del Oasis, es trascendental. En cuestión, porque es un enclave donde han convivido y cohabitan en la actualidad el patrimonio, la literatura y a su vez, el ahínco de todos por salvaguardar la cultura y las tradiciones locales y nacionales. “Desde hace cinco años el equipo de trabajo de este lugar se ha esforzado por cambiar su imagen exterior e interior, organizar su biblioteca, socializar sus títulos, abrir las puertas a investigadores e historiadores de la Universidad de Cienfuegos, la Sociedad Cultural José Martí, la Biblioteca Provincial, logias fraternales y el público en general”, enuncia con fervor Angelito.

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En junio de 2020 llegaron de manos del mencionado grupo ecologista, una “jagüita” y un individuo de Roystonea regia. Iniciativa que ha enarbolado dicho colectivo a través de numerosos proyectos de siembra en la zona urbana de Cienfuegos, siguiendo siempre los protocolos adecuados para que los especímenes se desarrollen correctamente. “A pesar de lo que pudiera creerse, plantar no consiste en abrir un hoyo en la tierra y depositar el arbolillo que ha de crecer. Es necesaria una elección y preparación concienzuda del terreno, de proveerla materia orgánica, arropar con paja el suelo para preservar la humedad, regarlo con frecuencia… En definitiva, atenderlo, custodiarlo, como si de un niño pequeño se tratara (…) Ese trabajo también ha sido ultrajado”, nos afirma Melians desde su perfil digital.

Testimonios de otros integrantes del Oasis, como el joven arqueólogo Luis Carnot, reafirman la posibilidad de que sean los mismos vecinos que rodean a la vieja casona, que, tal vez por envidia u odio ciego hacia los buenos procederes que allí se gestan, han obrado de una manera tan repudiable. Poco interesa que sea una mujer o un hombre el malhechor. Lo cierto es que viven en las cercanías y son seres humanos ignorantes, deplorables, que no comprenden el valor de estas criaturas para la vida y el entorno citadino. En suma, no les interesa la cultura, sus símbolos y la riqueza espiritual que provoca percibir entre sus ramas y tallos coexistiendo juntos a las aves, reptiles e insectos, u observarlos balancearse con el viento.

“No crea que la persona que en esto incurre no sabe lo que hace. Para ello ha de entrar a nuestra parcela que está cercada por el frente y el lateral, y por detrás limita con dos viviendas. Además de los árboles, cabría mencionar la rotura de candados y tuberías de agua”, aseveró también el joven.

Pero frente a la enemistad humana, la naturaleza se abre paso, y aquellos retoños son ejemplo fehaciente de que “cuando las raíces son profundas y el terreno es abonado con pasión, la vida se impone y el verde reverdece”, tomando como nuestras las palabras de Yordenis González Peña, ingeniero, defensor del Oasis y coordinador de las actividades del grupo de ambientalistas.

Así pues, el regocijo ha sido mancomunado. Hoy colocamos toda la fe en que con la ayuda del buen clima, abundantes lluvias y los cuidados de un puñado de bellas personas, en par de meses la pequeña jagua podrá llenarse de hojas plenas otra vez, colmarse de reservas para enfrentar el futuro incierto y retomar el rumbo perdido de la esperanza.

Retoños
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