El capital simbólico del imperialismo norteamericano ha perdido enteros durante las dos semanas recientes. La imagen de democracia, gloria y respeto a los derechos humanos que intentan vender al mundo se desmoronó, otra vez más, en segundos, cuando los agentes de la Patrulla Fronteriza arremetieron látigo en mano contra migrantes haitianos, como si fueran vacas y estuvieran en el viejo Oeste. A mansalva, sin importar edad, sexo ni las aguas del río.

Si es negro, da igual provenga de Puerto Príncipe o de Nueva Orleans, la represión siempre será la línea en el escenario más racista del planeta Tierra. Ahora sucedió en el borde fronterizo, pero cosas bastante peores hemos visto en pleno asfalto de los principales emblemas urbanos de la Unión Americana.

Resulta pesaroso apreciar los videos o imágenes de estos momentos, consecuentes con el programa de deportación masiva impulsado por la Casa Blanca contra los haitianos. Humillación absoluta para seres humanos que huyen de la miseria estructural de un país intervenido varias veces por los gobiernos de la nación a la cual intentaron penetrar de manera infructuosa. Del país, abanderado, capaz de librar la primera revolución negra del mundo, pero que feneció fruto del expolio colonial, neocolonial e imperial.

Hubo disculpas por el atropello, las leímos en la prensa, pero el daño estaba hecho y, para despejar cualquier duda, Alejandro Mayorkas, secretario de Seguridad Nacional, lo dijo claro: “Si vienes ilegalmente a los Estados Unidos serás devuelto. Tu viaje no tendrá éxito y estarás poniendo en peligro tu vida y la vida de tu familia”.

Eso les queda bien despejado, sobre todo, a los minuteman de la frontera, grupos milicianos legales cuyos integrantes cazan, cada día, con rifles automáticos de última generación, a esos pobres mexicanos o de otras nacionalidades que se internan por algún resquicio de Texas o Arizona.

En la mentalidad y en las formas de obrar de este tipo de norteamericano subyace tanto el fundamento como los reflejos de los primeros colonizadores y de aquellos que a sangre y fuego eliminaron a los pueblos originarios. En ellos siempre ha permanecido el vaquero, con su consustancial base de violencia. Nada nuevo, pues, el reciente suceso con los haitianos.

Siempre les queda el vaquero
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