Entre las edificaciones notables del pueblo de Cruces se halla la que hoy destaca como Biblioteca Pública Raúl Aparicio Nogales, situada en la esquina de la calle Higinio Esquerra y Pepe Alemán. Su historia, como hemos referido en otros trabajos de este corte, es semejante a distintas obras arquitectónicas que han llegado hasta nosotros, fomentadas desde el siglo XIX en muchos puntos de la otrora provincia de Las Villas.

Es por ello que Cruces tiene una deuda de redención con este inmueble, que no presenta al día de hoy el esplendor que tuvo en su pasado, como sitio que amparó bajo sus columnas a memorables figuras y sucesos de interés nacional.

Desde 1884 fue noticia el gremio que gestó el local, en aquel entonces conocido bajo el apelativo de Centro Alfonso XII, pero, como queda consignado en los expedientes de Magazine La Lucha de primeros años del siglo XX, su segundo presidente, Federico Zayas, “que hasta soñando conspiraba contra España, (…) había sido preso en el 93”, y por fuerza tuvo que disolverse la gestante sociedad.

Luego de ello, a partir de 1899, fue que pudo reanudarse la misma bajo la nomenclatura de “Círculo Martí”, en un intento por borrar todo rasgo de metrópoli y de la arrolladora penetración extranjera estadounidense.

No fue hasta el 24 de febrero de 1921, cuando por fin se colocó la primera piedra del recinto, y un año después, el 17 de abril, con la batuta de su nuevo director, el Dr. Antonio S. Fuentes Sánchez se estimó la propuesta para denominarlo Liceo Martí.

“Durante la presidencia del señor Fuentes Sánchez se adquieren muebles y se mejoró en cuanto fue posible el edificio social, y en el año anterior bajo la dirección del señor García Morales, se redujo a siete mil pesos el importe de la hipoteca (…), se dotó a la Sociedad de un billar y de muebles para el salón de lectura y el de juego (…)”, se afirma en el citado registro histórico.

Casi todas estas colectividades, que arrastraron consigo el lastre de un siglo XIX complejo y clasista, cobijaron especialmente a los hombres de mayor relieve y significación de cada territorio. Ello propició—como en este caso—, que con el pudiente apoyo y un sentido de pertenencia alto, dichos centros lograran figurar como verdaderos focos en la antigua provincia.

Pasaron los años y el Liceo se convirtió de la noche a la mañana en una terminal de ómnibus. Hoy, esa generación de vecinos lajeros y crucenses que tiene entre 57 y 65 años, podrá recordar aquellos ajetreos, ir y venir, un rodar constante hasta diversos puntos de la geografía cienfueguera.

Y la suerte siguió dando tumbos hasta que en el mes de julio de 1979 la paz y el sosiego pudieron retornar al local, transmutándose en la Biblioteca Raúl Aparicio, honrando así el nombre y el legado de un cimero escritor cubano nacido en aquellos predios.

Más de 20 mil títulos alberga, ubicando a sus anaqueles entre los más surtidos de la red provincial de bibliotecas. Pero también hay una tarja en el portal; una tarja singular hecha de mármol en la que puede leerse: “En este lugar se recibieron clandestinamente ejemplares de la Historia me absolverá enviados por la heroína del Moncada Melba Hernández, 14 de octubre de 1954”.

(…)

El frontis despintado, y puertas y ventanas cerradas por una pandemia actual que parece colarse por todos los rincones, sin importar dónde… Así se aprecia de lejos. Encerrado cual almeja castigada por las olas, como pensando para sí, otra vez en tiempos de crisis: “¿En qué volveré a convertirme con el tiempo?”.

Un liceo: Entre guaguas, libros y una tarja
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