Aquel fue día de estreno en el Hospital Doctor Gustavo Alderegía Lima, de Cienfuegos. El acontecimiento se convertiría en hito de la medicina cubana en esta ciudad del centro sur de la Isla. 

Minutos antes de entrar al salón de operaciones, el especialista de Primer Grado en Cardiología, Doctor Francisco Riverón Mena, repasó mentalmente y una vez más, el proceder aprendido durante su etapa de formación.

El recuerdo le llegó inesperadamente… ¿traición del subconsciente o reafirmación de convicciones? no sabría decir cómo, en ese rebobinar de la memoria, siguió descontando años, quizás en busca del origen del momento en que apenas era semilla todo lo que sobrevino luego.

“La idea mía no era precisamente la Medicina”, revela más de cuatro décadas después. “Cuando estaba en el preuniversitario tuve un problema con la matemática. Fue por esa razón que comencé a estudiar matemática y aritmética moderna, y llegó un momento en que llegué a ser primera y segunda nota de matemática en los cinco años del bachillerato.

“Me hice profesor de matemática de secundaria básica en seis meses, cuando estaba en cuarto año de bachillerato, pero en segundo año conocí a un instructor de deporte de la espacialidad de basquetbol que era cardiólogo”.

Riverón definió su vocación un día, mientras ayudaba en la consulta del cardiólogo que en el horario escolar, también lo entrenaba como integrante del equipo de baloncesto de su año. Podría decirse que por acumulación y enamoramiento progresivo. Acumulación de necesidades sociales y aspiraciones de una sociedad mejor; enamoramiento progresivo de la profesión más noble del mundo.

“Yo tenía un incentivo previo, porque me había percatado de la situación que tenía el país con la atención médica. En Güines para ver un médico y un estomatólogo no era fácil; era terrible.

“Aquella etapa, antes del ’59, prevalecía el poder del dinero. La sociedad era un artificio, con una brecha muy grande entre los que lo tenían todo y los que no tenían nada. Mi camino para contribuir a cambiar aquello, para ayudar a la sociedad, era el estudio de la Medicina y desde que empecé ya tenía previsto que sería cardiólogo”.

Al triunfo de la Revolución había en Cuba alrededor de seis mil médicos. Solo la mitad abrazó el nuevo proyecto; el resto abandonó el país. Inmerso en el momento histórico, el joven güinero estudiante de Medicina se convertiría en protagonista del cambio social.

“Durante la carrera, un mes todos los años, nos dedicábamos al trabajo asistencial. Estuve en la Sierra Maestra, en el asentamiento La Estrella, en Birán, provincia de Holguín. Allí trabajé en un policlínico que estaba al lado de la casa de la familia de nuestro Comandante en Jefe. Aquello fue para mí un choque emotivo gigantesco; estuve en la Sierra Cristal. Así debí enfrentar la realidad de algunos de los lugares más intrincados del país. De aquel tiempo atesoro los recuerdos más dramáticos y al mismo tiempo, los más bellos. Por un lado, conocía las privaciones de los habitantes de esas comunidades; de otro, era testigo de lo que estaba haciendo la Revolución por su gente.

“Cuando cursaba el cuarto año, seleccionaron un grupo de alumnos con sus profesores para iniciar la docencia, la enseñanza de la Medicina en Camagüey. Escogieron a profesores de psiquiatría, de cirugía, de epidemiología, y a doce alumnos. Yo estaba entre ellos.

“A mí, me gustó Camagüey. Más tarde, ofrecieron la posibilidad de viviendas a quienes quisieran ir a trabajar a aquella provincia. Yo estaba recién casado, así que terminé mi carrera y me fui”.

Alguna vez, después de graduado, Riverón afrontaría otra disyuntiva definitoria en su futuro. “El primer día de postgraduado, me dieron la responsabilidad de ser director de la región que comprendía los municipios de Guáimaro y Santa Cruz del Sur, en Camagüey y Amancio Rodríguez, en Las Tunas.

«En Amancio Rodríguez, en la década del 70, se daban los primeros pasos hacia un desarrollo social planteado por la Revolución. En Santa Cruz del Sur la situación era paupérrima. La pobreza heredada del capitalismo era extrema, a tal punto que las acciones allí para revertir esa situación apenas comenzaban a significar algo, muy poco; era un desarrollo muy incipiente. Recordemos que las mayores cantidades de médicos se concentraban en las grandes ciudades como Santiago de Cuba y La Habana. Por eso el gobierno revolucionario puso en marcha estas acciones para generalizar el acceso a la atención médica.

“Las secuelas del capitalismo no estaban completamente resueltas. La mortalidad infantil era muy elevada; había desnutrición. La Revolución tuvo que crear centros para niños distróficos. Mi motivación era muy grande, porque sabía que estaba enfrentando esos males que cuando decidí ser médico me había propuesto combatir, esa herencia del capitalismo”.

Riverón regresó a La Habana tiempo después del encuentro con el entonces ministro de Salud. Como antes la Medicina desplazó a las matemáticas, en el nuevo escenario su vocación terminaría por imponerse a las responsabilidades como directivo.

“Yo trataba de hacer algo relacionado con la cardiología. Durante una visita del ministro, le mostré un equipo para electrocardiogramas, antiguo, marca Sambor. Yo lo había recibido de un médico que abandonó el país. Era un equipo de madera y lo mandé reparar para utilizarlo en mi oficina”.

Y DE LA HABANA A CIENFUEGOS…

Cuando el Doctor Francisco Riverón Mena traspasó el umbral de la puerta del quirófano, no pensaba ya en recuentos personales; se concentraba en la vida que habría de salvar.

Aquel día de diciembre de 1979, en el Hospital Doctor Gustavo Aldereguía Lima de Cienfuegos, se implantó por primera vez un marcapasos.

“Este tipo de pacientes se enviaban a La Habana. Llegué en el año 1979 y aquí estaba el equipamiento, pero no se había utilizado.

“Como parte de mi entrenamiento yo había recibido esa formación en el Instituto de Cardiología, pero eso no significaba que fuera un experto. La primera implantación fue un éxito y en el transcurso de mi carrera, implanté más de 600 marcapasos”.

En sus 42 años dedicados a la práctica médica, convergen la historia personal y una fracción de la historia de la medicina cubana. Cuando se le pregunta lo que él considera como hitos de la salud…

“La disminución de la mortalidad infantil como una prioridad dentro de todas las problemáticasen el país”, dice. “La actuación del médico hombre a hombre ha sido mucho más estrecha, más personal. Antes, los médicos tenían que atender una población gigantesca. En la actualidad, atienden a una población reducida y la relación médico- paciente, médico-población es mucho mayor y esto garantiza una atención personalizada, diaria. Otra cuestión resultado de una idea del Comandante en Jefe Fidel Castro es el desarrollo de la biotecnología, la producción de vacunas, no solo ahora en momentos de la Covid-19, sino desde hace 30 años, representado un hito internacional.

“Recuerdo en la década del 80 que se morían los niños de meningoencefalitis bacteriana, meningocoxemia. El primer país en el mundo que produjo la vacuna fue Cuba”.

Y eso, precisamente, enseña ahora que está nuevamente vinculado a la docencia. Transmite a las nuevas generaciones el criterio científico, el de la práctica y aún más: la historia, pilar del presente, demasiado valiosa como para olvidarla.

Una pasión por la cardiología y el deseo de una sociedad mejor
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